Ciegos

Un hombre ciego de nacimiento describe su visión del mundo. En ella las explicaciones ópticas no tienen sentido. Cuando se le pregunta si desearía recuperar la vista, el ciego, que carece de experiencias sobre lo que tal cosa significaría responde que no, que lo que desearía sería unos brazos más largos para “ver” el mundo a su manera. Con otro ciego, profesor de óptica en Cambridge, reflexiona un joven filósofo sobre como la incapacidad para ver puede cambiar el sentido moral. Al tener que aprovisionarse a

través de la piel de las experiencias del mundo, ¿puede tener por ejemplo, consciencia de la existencia de Dios a través del tacto? El profesor le contesta al joven filósofo: “si usted quiere que yo crea en Dios tendrá que enseñarme a tocarlo”. Estos dos ejemplos, llevaron a ese joven filósofo, Diderot, a la cárcel. Y en ellos se haya hermosamente descrita su visión sobre el acercamiento del ser humano a la razón. Tenemos unos medios limitados, no podemos saberlo todo, no podemos abarcarlo todo, pero en nuestro pequeño ámbito, con nuestras armas intentemos vencer a la ceguera. El mismo Diderot, deja otra cita preciosa en el mismo sentido: “Vagar de noche en un espeso bosque. Sólo tengo una luz para guiarme. Aparece un extraño y me dice ‘Amigo..., deberías extinguir tu luz para encontrar el camino con más claridad’. Este extraño es un teólogo”.


El que ama la razón se contenta con la luz que puede abarcar con sus instrumentos. Constantemente busca iluminar más, pero entre tanto, solo ve lo que está bajo el foco. El otro, el que habita en la tiniebla, acostumbra sus ojos a la semi-oscuridad con la esperanza de que los ojos quizá alcancen más lejos al habituarse. Pero el precio a pagar es mirar siempre en la penumbra, a ver el mundo entre sombras, con los ojos entornados.


En la hermosísima The Reader, Hannah Smith el personaje que interpreta una impresionante Kate Winslet une la lectura al acto de amar. A los únicos momentos en que su existencia gris y solitaria alcanza instantes de humanidad honda. Leer es incluso más que amar. En un momento determinado le dice al chico: “cambiaremos el orden, primero leeremos”. Como si la pulsión por conocer, el anhelo de empatía por el universo infinito de los personajes de los libros dejase en una experiencia limitada el roce de la piel con otro ser humano. Los que hemos amado sabemos que hay una parte de verdad, que no hay amor profundo sin curiosidad por el saber del otro, sin compartir la visión del otro, su aleccionarse con la mirada descubridora del otro sobre las cosas, que el roce de los intelectos debatiendo, no necesariamente sobre nada agudo si no sobre lo que alcanzan sus respectivas luces en el reino de la oscuridad, sobre su caminar cotidiano, sobre lo que miran, es precisamente el verdadero sostén del amor. La piel era sustituible, la palabra, la inteligencia, no.

Y en ese amor por procurar que los demás tuviesen mejores armas para la razón, mejores lámparas para iluminar sus pasos, el joven filósofo Diderot, se embarcó en lo que al principio no era más que la traducción de un diccionario inglés para construir un monumento a la razón, a la libertad, al espíritu crítico y a las mejores virtudes del ser humano. Todo ello con un esfuerzo ciclópeo que le convirtió al fin en un esclavo de su obra, que a su modo de ver arruinó su vida, le impidió dedicarla a otros destinos con los que soñaba y le regaló un constante flujo de amargura y preocupación. Se cumplió el vaticinio de su madre que le decía que un filósofo era “un loco que se atormenta a sí mismo durante toda su vida, para que la gente pueda hablar de él cuando haya muerto”.

Sin embargo, la insistencia de ese hombre, durante más de la mitad de su vida, por construir ese instrumento de claridad, la Enciclopedia, finalizó al fin con una obra casi inconcebible por su brutal extensión de 25.000 páginas y casi 72.000 artículos, pero sobre todo, con uno de los ejemplos mayores de fe en el ser humano y de compromiso con los demás. Porque la Enciclopedia fue algo más que un simple diccionario y toda su concepción y creación es un fascinante ejemplo de libertad e ingenio.


Hasta entonces, los diccionarios enciclopédicos estaban ordenados temáticamente. Los enciclopedistas decidieron una ordenación alfabética. Y esto, que ahora, aceptado por nuestra costumbre quizá nos parezca baladí, supone en realidad una democratización de todas las formas de conocimiento y una ordenación del mundo de acuerdo solo a criterios racionales. La ordenación temática obligaba a dedicar un enorme caudal de páginas a secciones como la teología, pero aquí, era una entrada más en la letra T, junto a la que hablaba de los torneros o los telares. La Enciclopedia asumía además sutilmente el árbol genealógico de conocimientos de Bacon según el cual del entendimiento humano surgían las ramas de la memoria, la razón y la imaginación, de las que brotaban nuevas subdivisiones. En estas subdivisiones, la teología se convertía en el tronco del que crecía la religión, pero también la adivinación y la magia negra. Y desde luego era un tronco mucho menos fructífero, por ejemplo que el de la matemática, de donde florecían óptica, mecánica, geografía, acústica, hidrografía, dinámica…..etc, etc.

La visión puramente humanística de la enciclopedia por ejemplo, obviaba en general la historia de reyes, santos o grandes batallas, pero podía dedicar un número exorbitante de páginas a describir hasta el detalle instrumentos manuales tan humildes como un alfiler, al que se dedicaban nada menos que 5.000 palabras detallando cada una de las 18 operaciones que tenía el proceso de su fabricación. Pese a todos los intentos censuradores de las fuerzas políticas y sobre todo religiosas de la reacción y la tiniebla, los enciclopedistas fueron capaces de introducir de múltiples e ingeniosos modos una filosofía sobre la libertad del hombre que se manifestaba por ejemplo en entradas como “Autoridad Política” cuya primera frase decía: “Ningún hombre ha recibido de la naturaleza el derecho de mandar sobre otros.” Otras veces, se buscaban modos más sutiles, como por ejemplo con la entrada “Duc” (también búho en francés) donde el lector encontraba primero la descripción del ave nocturna, y solo luego se refería a la alta nobleza. Igual sucedía con “Roi” que primeramente hablaba de “un ave de aproximadamente el tamaño de una hembra de pavo” y solo luego pasaba a disertar sobre los reyes de Francia. Como dice Philipp Blom en su maravilloso libro “Encyclopédie. El triunfo de la razón en tiempos irracionales”, "el orden enciclopédico restablecía la ley de la naturaleza, en vez de reformar las convenciones sociales". En ocasiones, eran las referencias cruzadas entre las distintas entradas las que se utilizaban como medio aleccionador. Y así, tras el artículo para “Libertad de pensar” se añadía “Véase Intolerancia y Jesucristo”. O en la entrada "Antropofagia", “Véase Eucaristía y Comunión”. Y otras veces, el tono del artículo era tan pomposo y desproporcionadamente elogioso que era evidente que se trataba solo de una crítica irónica y sardónica.

Pero sin embargo se tomaban muy en serio los oficios artesanales, el saber de los hombres en su cotidianeidad, con grabados de una minuciosidad enfermiza, entrevistas por innumerables talleres con obreros de toda condición o maestros de los gremios. El foco estaba puesto en el ser humano, en su capacidad de dar luz cada día, en su inventiva, en su esfuerzo por dominar y entender la naturaleza y la técnica, en su genio.

En las mismas fechas, en Alemania, Gotthold Ephraim Lessing, otro ilustrado, nos dejó esta bellísima frase: “El valor de un hombre no consiste en la verdad que posee o cree poseer, sino en su esfuerzo sincero por llegar a poseerla; pues no es la posesión de la verdad, sino su búsqueda, lo que acrecienta las fuerzas y hace progresar en la virtud. Si Dios tuviese encerrada en su mano derecha toda la verdad, y en su izquierda sólo el ardiente anhelo de ella con la condición de hacerme errar eternamente, y me diese a elegir, caería humildemente sobre su mano izquierda exclamando: Padre, dame esto; la verdad pura te pertenece sólo a Ti”.

El primer ciego no es un pobre idiota que renuncia a la luz si no que en realidad repudia la visión sobrenatural desde un conocimiento del que no tiene ninguna noticia, alejado absolutamente de su experiencia, para creer, para confiar en lo que para él es empírico, su tacto. No renuncia a conocer, si no que lo hace con los humildes modos que tiene. Hannah Smith al fin aprende a leer, y quizá casualmente, quizá no, el aprendizaje en la lectura, que no es más que la apertura de la ventana a las vidas de otros, a las pieles de otros, al dolor de otros, a la suerte de otros, es la que le hace tener la conciencia definitiva de su existencia y su biografía. No sé si es casual también que la manifestación más profunda del amor y de la generosidad, cuando la piedad ha fracasado, sea la lectura de libros, el ofrecer a otro el conocimiento, alumbrarle con nuestra linterna.

Diderot, terminó su vida distanciado de su creación, de la que se sentía un esclavo y a la que guardaba quizá incluso rencor. Y aunque todavía vivió 19 años más, no fue capaz de dejar a la posteridad esa gran obra filosófica o novelesca de la que todos sus amigos le creían capaz, una obra que demostrase su originalidad, su genio vivaz. Sin embargo, a esos amigos que quizá se sintieron desilusionados con él, que pensaron que había desperdiciado su talento, a los otros, a los demás,

les regaló ideas que sin él no hubiesen sido jamás capaces de concebir, les iluminó con su deseo de verdad, con su talante curioso y observador y sobre todo, con lo que honestamente creo que es la verdadera prueba del amor, su generoso deseo de llevar la luz. Ciegos que caminamos deseando tener brazos más largos. En la oscuridad, uno hoyando sobre las huellas que el otro deja en el bosque sombrío, a veces una de las luces brilla más, pero es el otro el que la alimenta. Sosteniendo los dos el farol que apenas alumbra unos metros ante el mundo oscuro de la tiniebla. Apoyándose frente a los otros que llaman a caminar a oscuras con los ojos entornados, fiando sus pasos a luces externas de religiones o tradición. Disfrutando de la extraordinaria belleza del universo, aún pequeño, cotidiano, diario, bañado por la claridad de la verdad pensada. El amor no era la piel, el amor era eso.

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© 2018 por Jorge Armesto