Encounters at the end of the world



Al fin del mundo se llega en avión de carga. Con cuerpos humanos intercalados en los huecos de la estiba, acomodados en los intersticios que dejan los tramos segmentados de misteriosas estructuras blancas. Y cuando el avión aterriza en el hielo y abre su enorme abdomen curvo, hombres y máquinas son depositados en el blanco polar, sobre la superficie helada del Mar de Ross, como si de algún modo ni uno ni otros hubiesen sido dueños de su destino. Elegimos cuando viajamos a destinos más prosaicos, elegimos los horarios y las compañías aéreas, elegimos este u otro itinerario en nuestra excursión de verano, pero al fin del mundo se llega, se cae, se te arroja después haber vagado, despojo de marea, entre aquellas otras elecciones cuando ya no quedaba otra cosa que elegir.


Werner Herzog nos dibuja la ruta, el mapa al fin del mundo que él coloca en el polo Sur, el lugar donde desaguan los meridianos, arrastrando consigo en su remolino a seres fronterizos de todo el mundo en el único punto donde esas líneas de latitud y longitud dejan de encarcelar el globo, donde desaparecen las cuadrículas, el punto cero. Y allí, habitan en el lugar donde no hay noche y se hace obligatorio soñar de día, soñar despierto, soñadores profesionales. Y uno de ellos se imagina caminando, durmiendo sobre el Iceberg B-15 a la deriva, y nota su respiración, el crujido del gigante bajo sus pies.


Nos muestra el seguimiento de los hielos desde el satélite, y realmente lo que parece es un ecocardiograma de la tierra donde las masas heladas laten y verificamos las funciones vitales de los magníficos bloques blancos que se mueven como microorganismos juguetones o aminoácidos saltarines en el caldo primordial. El soñador del iceberg, se emboba mirando una foto de su B-15, nos lo muestra con orgullo como si fuese su pequeña criatura, su hogar, su lugar en el mundo y solo nos falta imaginarlo como a otro que vivía en otro B raya, arrancando las malas hierbas del baobab o mimando a una flor caprichosa.


La base de McMurdo es el ecosistema que recoge a los soñadores profesionales, agentes de bolsa convertidos en conductores de autobuses polares, lingüistas mutados en botánicos, filósofos ahora maquinistas de palas excavadoras… De nuevo todo se conecta y el filósofo nos cuenta como ya recién nacido le contaban historias de La Ilíada y La Odisea y de ahí surgió su pasión por el viaje a mundos espirituales y terrenos. Al fin, los aventureros, los descubridores no son más que lectores. Lectores de otros lenguajes escritos en la tierra y en el cielo, que silabean la tabla periódica u hojean las capas térmicas de las aguas. También se agachan, sobre el hielo inmaculado, tumbados en el suelo pegando su oreja a la superficie helada y desgranan el lenguaje de las focas en otro mundo bajo este mundo, un lenguaje que parece inorgánico, sobrecogedor en su extrañeza y su complejidad expresiva, y que no sabría definir de otro modo más que como el ruido que harían un puñado de electrones solitarios golpeándose en una caja cerrada de paredes de membrana de altavoz, mientras esquivan a pájaros metálicos que vuelan a cámara lenta.

En McMurdo se conserva la cabaña de Scott. En aquella carrera hacia el polo en los tiempos en que el hombre ocupaba los últimos vacíos de los mapas, fue el perdedor. Pero fue el único también que nos enseñó algo. Casi siempre aprendemos más de los perdedores. Entre otros factores que explican su catástrofe está el de que se negó a usar perros y eran los hombres quienes arrastraban el equipo. Consideraba inmoral sojuzgar a estos animales y no digamos el uso alimenticio que de ellos hizo Amundsen. Igualmente, incluso cuando ya estaban cercanos a la muerte, ni por un momento dejaron de recoger muestras geológicas. Al morir, en unas condiciones físicas deplorables, todavía portaban 14 kilos de muestras. Y con las rocas que arrastraron en su total declive físico, otro lector entendió el movimiento de las placas tectónicas de la tierra. Scott quiso comprender la naturaleza sin oprimirla. Hoy McMurdo lo pueblan cientos de científicos que en su quehacer cotidiano convierten el blanco impoluto de la nieve y el hielo en un barrizal de lodo negro y rocas basálticas herido por maquinaria pesada. Cuando observamos algo lo modificamos. Al estudiar cambiamos el objeto de estudio pero aún a pesar de ese principio de incertidumbre no podemos renunciar a leer, a entender, y algunos, biólogos marinos observan el crecimiento de microorganismos que son capaces de organizarse, seudópodos constructores de estructuras, con criterios puramente estéticos. Bajo el hielo, otra fauna maravillosa habita, monstruos a escala en un lugar donde los buzos exhalan burbujas de oxígeno que se ven aprisionadas en la cúpula helada, acariciándola, como si fuesen resbaladizos glóbulos de mercurio. ¿Qué nos dicen esas construcciones? ¿Qué les dirán a otros esas burbujas aprisionadas en el tiempo helado? ¿A qué lectores se dirigen? Y también hay vulcanólogos, leyendo en los gases y los estallidos del magma que quizá también empezaron como deshollinadores de cráteres en miniatura en asteroides imaginarios.


Y un misántropo que estudia los pingüinos y nos muestra una de las imágenes más hermosas nunca vistas, al ejemplar solitario que da la espalda al mar y a la colonia y se dirige, irrefrenable, tenaz, insobornable, hacia el horizonte blanco desconocido de las montañas enormes, hacia lo que nosotros sabemos una muerte segura, quizá también un explorador, un lector solitario de su especie, un espíritu curioso, quizá un pobre enfermo desorientado, al que nosotros, que sin embargo podemos agujerear los hielos con dinamita, no debemos detener para no interferir en el orden natural. Podemos ensuciar pero no podemos curar. Y en McMurdo, otros desentrañan también los mensajes del cosmos a la caza de neutrinos, mensajeros invisibles del espacio que en cada instante, nos atraviesan, millones de ellos, sin dejar huella en nosotros, sin dejar memoria.


En McMurdo, en el verano sin noche, el filósofo que conduce la excavadora, citando a Alan Watts, nos habla del hombre como conciencia del universo. La creación entera adquiere conocimiento de si mismo por nuestra razón. "El individuo es una apertura a través de la cual toda la energía del universo toma conciencia de sí misma". Y para ello, se esfuerza en hablarnos cada día. Y nos habla en el lenguaje imposible de las focas, nos envía infinitos mensajes que nos atraviesan sin comprenderlos, pero persiste, y sigue, y continua, nos habla en los ladridos fantasmas de los perros que Scott no quiso sacrificar. Han tenido cachorros, otros ladran. Y se nos muestra en sus tesoros arqueológicos de esturiones congelados que aún conservan el escorzo y la expresión como sorprendida. Nos habla en erupciones y en formas, catedrales, esculturas, microscópicas que construyen las foraminíferas. El universo queriendo conocerse a través de nosotros como un ciego que guía a otro ciego como el último hablante de una lengua tratando de hacerse comprender, quizá gesticulando, quizá elevando su voz, sus infinitas posibilidades de creación de frases, palabras, canciones, neutrinos al aire de nuestros oídos sordos. Y si este es nuestro papel en esta tierra, por qué entonces caminamos torpemente, como pingüinos solitarios, aventureros al fracaso, descubridores de la nada blanca, quizá enfermos, desorientados, hacia las montañas, tan altas, tan frías, tan altas.

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© 2018 por Jorge Armesto