La culpa es de cuatro millones de gilipollas


Fotografía: Dani Gago

Una vez confirmada la convocatoria electoral, el nuevo entretenimiento consiste en buscar a los culpables. Digo entretenimiento, sí, porque no importa en qué momento de la actualidad nos hallemos, para los medios de comunicación el único asunto relevante parece ser el relato sobre el relato. Día tras día centran su atención en toda esta inabarcable, a la vez que misérrima, construcción narrativa que solo sirve para soterrar bajo toneladas de materia infecunda esos temas que sí deberían protagonizar el debate público. Esto es, los que afectan directamente al bienestar ciudadano y a las condiciones materiales de vida de las personas, cuya presencia mediática es nula.


Los verdaderos retos a los que debería atender un buen gobierno están tan sepultados por capas y capas de relato que son ya inalcanzables; empeñarse en exhumarlos parece una extravagancia de arqueólogos. Así, hoy, pretender hablar en televisión sobre pobreza, dependencia, políticas de vivienda o conciliación resulta tan fuera de tono como perorar sobre la dieta de los etruscos.


De hecho, el relato mismo y la inagotable sucesión de mentiras que lo conforman se convierte en un agujero negro cuyo horizonte de sucesos todo lo absorbe complicando sobremanera los escasos y heroicos intentos de esclarecimiento. Incluso analistas de probada capacidad de síntesis y agudeza como Guillem Martínez o Pedro Vallín se topan con esa formidable enormidad de trolas que se acumulan en estratos tan numerosos que su explicación necesitaría de un número de páginas imposible.


Es esta una de las muchas estrategias que el ‘pedrosanchismo’ y el ‘carmencalvismo’ copian de Donald Trump. Cuando se vierten mentiras a velocidades tan vertiginosas y en tales cantidades, se vuelven imposibles de analizar. Manan a tal celeridad que no ha terminado uno de escribir tres párrafos y ya se han vuelto anacrónicos por la aparición de nuevas patrañas. El intento de aclararlas es titánico e inútil, y a veces me imagino a esos pocos analistas honestos como si fueran niños del tercer mundo, armados solo con un palo y una bolsa, mirando tristemente las colosales cordilleras de desperdicios de un basurero cuyos límites se pierden en el horizonte.


Pero, en fin, estos son los tiempos que vivimos y hoy toca hablar de los culpables. En España hay miles de ayuntamientos, diputaciones y comunidades autónomas funcionando en coalición. Y de entre todos solo Pedro Sánchez ha sido incapaz de formar gobierno. Parece un dato definitivo por lo que barajar las culpas entre unos y otros no es más que caer de nuevo en esta sugestión embobada del relato y sus múltiples vericuetos, que son como la bolita del trilero. ¿Quién tiene de verdad la culpa? 


Para el PSOE y el ‘ivanredondismo’ la respuesta es tan sencilla como irrebatible: la culpa es de casi cuatro millones de gilipollas. Concretamente, los que votan a Unidas Podemos, que, hay que decirlo con todas las letras, ya no es que sean gilipollas comunes y corrientes, sino que son gilipollas elevados a la enésima potencia. Una gilipollez cósmica que necesitaría de los instrumentos de medición de la física espacial para ser apenas esbozada en sus dimensiones estelares. Una gilipollez desmesurada, una gilipollez casi obsesiva, una gilipollez exagerada, una gilipollez superlativa.


Porque, ¿cómo se entiende que haya seres humanos dotados de cierta razón —presumamos que así es— que pudiendo votar a Pedro Sánchez decidan votar a Pablo Iglesias? ¿Qué clase de retardo mental padece una persona para preferir a Irene Montero antes que a Carmen Calvo? ¿Cómo alguien es tan auténticamente memo de los cojones y tonto a las tres que opta por Alberto Garzón antes que por Simancas? Debe exponerse en voz bien alta: hace falta llevar la imbecilidad a límites desconocidos para votar a UP pudiendo votar al PSOE. Y hoy el mayor problema de la democracia española es la existencia de estos millones de imbéciles que se niegan a aceptar el bucle eterno: el PSOE nos miente-lo votamos-nos decepciona-lo castigamos con el PP-y volvemos a empezar.


Bien es cierto que hay muchas otras personas que votan a opciones que no son el PSOE, singularmente Ciudadanos o PP, pero estas son respetables. Tiene que haber variedad, no nos va a gustar a todos lo mismo. Sin embargo, los votantes de UP son harina de otro costal. Es como si le preguntas a alguien si prefiere manzanas o peras, que al cabo todo es fruta, y contesta que no, que quiere comer boñigas de oveja. Tal es lo que parece deducirse del relato en estos meses: que hay unos cuantos millones de tontos del haba que no solo votan mal sino que, además, son tan sumamente alcornoques que ¡hasta esperan que sean esos de UP a los que votan quienes personalmente desarrollen las políticas con las que se presentaron! ¿Se puede ser más gilipollas?

Pedro Sánchez, en su magnanimidad, convoca nuevas elecciones para dar a esos merluzos la oportunidad de votar bien. O sea, a él. 

Hay un atisbo de esperanza: Pedro Sánchez cree que son redimibles. Quizá no se trate de un problema cognitivo crónico y tenga arreglo. Así que en su magnanimidad convoca nuevas elecciones para dar a esos merluzos la oportunidad de votar bien. O sea, a él. Y si no aprenden de esta vez, ya se harán otras.


De acuerdo con el discurso hegemónico, parece que los diputados de UP han bajado a la tierra desde alguna nave espacial y actúan por capricho. Como si no hubieran sido elegidos por esos millones de insensatos que pudiendo elegir a otros no lo hicieron y que son los que les dan la legitimidad plena. Desde esa perspectiva, por muy generoso que parezca su gesto, ¿tenía Pablo Iglesias derecho a renunciar al Consejo de Ministros y de algún modo decepcionar a esos pazguatos que decidieron que era él quien mejor los representaba? A mi modo de ver, no.


Sin embargo, cuando se debate acerca de si los representantes electos de UP pueden o no estar en órganos de gobierno, se soslaya una y otra vez que esos cargos electos han sido elegidos por ciudadanos que desean ser gobernados por ellos, por muy imbécil que a otros les parezca este deseo. Y este permanente olvido es el quid de la cuestión. Convertida la política en un bien de consumo y adoptando las reglas del mercado, opera también en ella el llamado fetichismo de la mercancía. Esto es, el velo invisible que separa los objetos que consumimos de las condiciones materiales de su elaboración. E igual que no pensamos en el concreto niño que recoge el aluminio del basurero cuando compramos nuestros gadgets, se intenta encubrir que los representantes políticos son precisamente eso, re-pre-sen-tan-tes de sus votantes y no unos tipos que han caído ahí por arte de magia. Y que como representantes, no lo olvidemos, no tienen derecho a renunciar a ejercer su responsabilidad. Los han elegido a ellos, no a otros. Insistir en esto que tendría que ser obvio es rasgar el velo. De forma que cuando a alguien le dicen: “Usted no puede estar en el Consejo de Ministros”, la respuesta no podría ser otra que: “Pues varios millones de personas a las que me debo piensan que sí, dígaselo a ellas”.


Pero se ha llegado a tal extremo de cinismo que esta apelación a los votantes parece una ingenua pamplina.


Es decir, que votan a UP para que gestione el PSOE. Pero pudiendo votar al PSOE no lo hacen. ¿Por qué? ¡Porque son imbéciles! ¿Cómo saberlo? Cosas de imbéciles. ¿Cabe un mayor desprecio a las ideas de estas personas? ¿Cabe un mayor ultraje a su ética, a sus opiniones, a sus aspiraciones, a su concepción del mundo?

Pedro Sánchez, en su última intervención televisiva, organizada precipitadamente para volcar otro camión de marrullerías en la montaña de desperdicios, manifestó que incluso los propios votantes de Unidas Podemos temen que esas personas a las que votan ocupen cargos de responsabilidad. Esto los convierte ya en doblemente imbéciles y se me agota el vocabulario insultívoro. Es decir, que votan a UP para que gestione el PSOE. Pero pudiendo votar al PSOE no lo hacen. ¿Por qué? ¡Porque son imbéciles! ¿Cómo saberlo? Cosas de imbéciles. ¿Cabe un mayor desprecio a las ideas de estas personas? ¿Cabe un mayor ultraje a su ética, a sus opiniones, a sus aspiraciones, a su concepción del mundo? ¿Podemos concebir una mayor arrogancia por parte del PSOE?


Pedro Sánchez, a quien los problemas de los españoles le permiten dormir a pierna suelta, manifestó que imaginarse a estos indocumentados de UP gestionando el país —las comunidades autónomas no— le producía insomnio. Y lo dice él, que llegó a la Presidencia casi por accidente, con un currículo mediocre y sin haber gestionado en su vida ni una comunidad de vecinos. Probablemente, estamos ante el presidente más pagado de sí mismo y mentiroso de toda la historia reciente. Y mira que algún otro no lo puso fácil. Una persona, además, que quizá siguiendo los consejos de su mentor Iván Redondo, en los últimos meses ha adquirido un perfil cada vez más petulante recordando en sus ademanes de fastidio y desdén al peor Aznar. Ademanes, por cierto, que repiten tal como esos perrillos que se parecen a sus amos, todos los rostros visibles del PSOE, perpetuamente mal encarados, maleducados, faltones y altaneros.


Pero quizá los que votan a UP sean un poco así, tontos de esa manera, tontos persistentes, tontos a gusto con su tontería, tontos fieles a sus tontas ideas e inconmovibles a las artimañas de los diablillos

No sé si Iván Redondo, el titiritero de este grupo de marionetas de guiñol, compuesto por ogros, brujas pirujas, bufones y reyezuelos vanidosos, tiene tiempo para muchos libros. La tele absorbe mucho. Pero yo le recomiendo que algún día, en esos momentos de intervalo entre las temporadas de las series, lea un precioso relato de Tolstoi que habla de un tocayo suyo llamado ‘Iván el tonto’. No lo digo como menosprecio, claro, pues él sería más bien ‘Iván el listillo’, sino como consejo cariñoso. 


Iván el tonto es un campesino ruso ingenuo y sencillo al que varios diablos tratan de corromper por medio de la codicia, el poder o el orgullo para que se enfrente a sus hermanos. Pero una y otra vez las distintas argucias de los diablillos fracasan al estrellarse con la inalterable y pura bondad de Iván, inmune a toda tentación. Al fracasar, uno tras otro desaparecen en las entrañas de la tierra.

A veces pasa eso. A veces pasa que los anhelos utópicos, los deseos de construir un presente más decente y justo se presentan como estupideces. Cosas de tontos. Sánchez y Redondo piensan que los gilipollas que votan a UP se pueden corregir y volverse listillos. Solo hay que sacudirles con la ración suficiente de elecciones para minarlos. Pero quizá los que votan a UP sean un poco así, tontos de esa manera, tontos persistentes, tontos a gusto con su tontería, tontos fieles a sus tontas ideas e inconmovibles a las artimañas de los diablillos. Y estos, como en el cuento, terminen tragados en la sima negra de la historia.


'A unos gilipollas' (Autor: Pedro Sánchez) Obra póstuma

Era gilipollez sin horizonte, estepa rusa y bosque de secuoyas, muralla china de los gilipollas, gilipollez monstruosa y mastodonte.


Excelencia suprema de la asnada, pináculo y cumbre de estulticia. Érase una burrez catedralicia, amazonio caudal de la burrada.


Fenómenos de la naturaleza que llevan la idiotez a sus extremos y cerebros de hueso de cereza.


Así es como desde el PSOE os vemos: gallinero de pollos sin cabeza, votantes botarates de Podemos.

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© 2018 por Jorge Armesto