La muerte de un niño y el plañiderismo de las redes sociales.

(Publicado en El Salto Diario el 21-3-18)



Hasta la década de los 60 no se empezó a asumir la singularidad del exterminio judío en la Segunda Guerra Mundial. Es, a partir de entonces, cuando adquiere su significado como arquetipo del mal absoluto, como el genocidio más extremo de la historia, al ser sistemático, industrialmente organizado, exitoso y al margen de toda utilidad económica o política.


Muchos de los supervivientes sintieron en esos años el deber moral de testificar, pero el testimonio se enfrentó a enormes desafíos. En primer lugar, la imposibilidad de hablar por los que no regresaron de ese último estado de degradación antes de la muerte. En segundo lugar, que este horror ilimitado se muestra como inaprensible o, en palabras de Jean Améry, inimaginable incluso para los que lo padecieron. El exterminio como mal absoluto, su monstruosidad sin precedentes, desborda cualquier intento de representación y plantea retos irresolubles, pues el lenguaje forzosamente acota lo que es un acontecimiento sin límites.


Así surge el problema de la expresión artística del horror. El conocido dictum de Adorno sobre la imposibilidad de hacer poesía después Auschwitz significa que la representación artística: ya sea una película, un poema o una novela, produce un placer estético que resulta obscenamente incompatible con el genocidio del que surge. Así, para Adorno, cualquier tipo de estetización de las víctimas es un acto de barbarie.


Pretender hablar sobre el mal absoluto obliga a no transgredir unos límites, límites tras los que está la naturalización, la irreverencia, la profanación o la banalización.

Este imperativo categórico crea una paradoja de muy difícil resolución: por un lado, la obligación de recordar; por otro, la prohibición de estetizar. Y desde entonces, todos los intentos de representación artística del mal llamado Holocausto se han movido en un pantanoso terreno ético que ha generado controversias intensas incluso en obras maestras como el cómic “Maus”, o la película “La lista de Schindler”. Un ejemplo de esto aconteció en el pase de “La vida es bella” en Cannes, donde se acusó a Benigni de “haber manchado la memoria de miles judíos” al “querer endulzar con optimismo dogmático y falsa felicidad la historia del horror insondable”.


El asesinato del niño Gabriel Cruz tiene también algo de ese horror insondable. Si ya resulta imposible siquiera tratar de imaginar la inmensidad del dolor de unos padres ante la muerte de su hijo, las espantosas circunstancias de este caso concreto lo llevan aún más allá de todo lo concebible. Pretender empatizar con el padecimiento de esas personas se vuelve así una obscena presunción. Es un sufrimiento que está fuera de nuestra comprensión. Infinitamente lejos de nuestro alcance, su enormidad nos lo vuelve inaccesible. Alba Rico así lo define, como un cosmicidio.


Traspasar los límites


Sin embargo, las muestras de condolencia de las redes sociales han sobrepasado cualquier límite. Si a Adorno le hubiese parecido una barbarie la recreación artística del mal absoluto, ¿qué hubiese pensado de los chabacanos concursos de dibujo y redacción escolar en que Twitter convirtió el asesinato de Gabriel? Si el goce estético producido por poemas o películas -creadas con rigor, respeto y excelencia artística-, pudiese llegar a juzgarse como incompatible con el horror, ¿cómo calificar la competición para alcanzar más likes o retuits que ocupó a esa frívola y quejumbrosa horda de lamentadores y lamentatrices?

Al contrario que las muestras de condolencia en la vida real, las que se producen en las redes sociales están mediadas inevitablemente por un sistema que las valora, cuantifica y puntúa. En la vida real el abrazo de un amigo, y un “lo siento” apenas musitado puede resultar hondamente conmovedor y dejar una inolvidable huella de agradecimiento. Pero tal sencillo gesto sería invisible e inútil en las redes sociales. Estas estimulan, durante el tiempo regulado por los mass media, una absoluta carrera armamentística de aflicciones, a cual más excesiva, pues solo las más inmoderadas y desmedidas alcanzan el premio de la notoriedad, elevándose sobre el alboroto de cientos de miles de competidores.


"Es en esa algarabía de buenas intenciones donde también encuentran acomodo y razón de ser las apelaciones al odio, las insidias y las bajezas de otros seres viscosos que ahí habitan"


Así, los participantes en esta bufa ceremonia macabra son el equivalente digital de las plañideras que también eran más valoradas cuanto más histriónicas eran sus muestras de desconsuelo. Y si estas cobraban dinero por cacarear ese dolor impostado, los plañideros digitales reciben como pago el de una efímera popularidad, no gracias a expresiones artísticas como en el ejemplo antes citado, sino por ramplones dibujitos, ripios insulsos, o cuentos tan chanflones como oportunistas. Y quede claro que no estoy haciendo una defensa elitista de la alta cultura sino señalando, simplemente, que al menos la búsqueda de la excelencia y el rigor son un necesario primer paso de respeto cuando alguien pretende hablar de lo inefable. Y que ese esfuerzo de delicadeza está en las antípodas de crear memes, escribir ocurrencias en 140 caracteres o pulsar la tecla “Enter”.


Ruido


Lo espantoso de este pandemónium de dolor líquido es que genera un ruido que ahoga el verdadero dolor sólido, pesado, abrumador, de aquellos que sí amaban a este niño. El precioso y sentido recordatorio del filósofo Alba Rico, quien vio crecer a Gabriel, es anegado por un océano de textos de lagrimeo falsario. Si en la vida real, en un momento de luto se nos acercase un completo desconocido exhibiendo una congoja insoportable por una pérdida nuestra de la que él nada conociese, nos parecería una burla, algo de mal gusto, enfermizo. Pues esto es lo que se hace en las redes sociales.


Y lo hacen las mismas personas, por cierto, que a la vez se escandalizan por el comportamiento de los medios de comunicación, no muy distinto al suyo en su sensiblería hipócrita y ventajista. De entre toda esta cochambre, la que me pareció de mayor ruindad y sirve como ejemplo luminoso, fue la protagonizada por el “periodista amigo” quien apenas dos horas después de que la propia madre lo acusase de traicionar la confianza de la familia, todavía continuaba su gira televisiva, disculpándola porque quizá a la pobre mujer “le cegase el dolor” y hablando de lo bien que le caía a la abuela. Cualquier persona con un mínimo decoro se hubiese retirado de la primera línea y, cegada o no, la palabra de esa madre de extraordinaria altura moral, debería haber sido para él LEY. En su lugar, siguió disfrutando de sus cinco minutos de gloria en el programa Al Rojo Vivo, alardeando de su buena intención.


Como él, todas las personas que convirtieron la muerte de Gabriel en un espectáculo eran bienintencionadas, no me cabe duda. De hecho, estoy seguro de que la inmensa mayoría creyó sentirse realmente conmovida e incluso muchos expresaron esa conmoción de forma mesurada mientras navegaban por Internet o parloteaban en la oficina. Paradójicamente, es en esa algarabía de buenas intenciones donde también encuentran acomodo y razón de ser las apelaciones al odio, las insidias y las bajezas de otros seres viscosos que ahí habitan. Pues parece como si ese estrépito de llanto y buena fe generase el hábitat perfecto e interpelase directamente a los carroñeros. Esa es una de las consecuencias de traspasar los límites: que entonces todo está permitido.

"En aluvión llegamos y en aluvión nos fuimos,

sin remordimiento ni rubor alguno"

Lo que convierte a Gabriel en esa catástrofe antropológica de la que habla Alba Rico es precisamente que era Gabriel. Si su asesina hubiese acabado con la vida de 10 niños no sabríamos ni sus nombres ni sus motes. Si hubiese asesinado a 10.000 dirigiría una empresa farmacéutica y si los niños muertos hubiesen sido 1.000.000 sería la Presidenta de un organismo internacional o de una gran potencia. En general, la muerte cotidiana de miles de niños nos da igual. Solo nos conmueve la muerte de uno, hoy la de Gabriel, ayer la del niño sirio ahogado en la orilla. Solo nos conmueve esa víctima concreta a la que poder mirar cara a cara con la esperanza de que, parodiando a Levinas, ese ejercicio de mirar nos devuelva de algún modo nuestra humanidad. Por cierto, aquel niño se llamaba Aylan. Entonces también tenía nombre, aunque ya lo olvidamos.


Frente a esta impostura, solo cabe recuperar el valor del silencio respetuoso. Un dolor de esta magnitud, un horror tan inaccesible nos obliga a bajar los ojos con pudor ante el verdadero llanto de los que verdaderamente sufren. A escucharlos con reverencia y no ahogar sus voces en nuestra grosera barahúnda. No somos quién para mirarlos cara a cara. No tenemos derecho a padecer con ellos. Este crimen, representación del mal absoluto, nos obliga al recato, a volvernos invisibles.


Cuando Gabriel dejó de ser tendencia y los penitentes dirigieron sus ojos a otra víctima –el mantero de Lavapiés, quizá-, el dolor de sus padres continuó ahí, colosal, tan impenetrable a nosotros como siempre había estado. En aluvión llegamos y en aluvión nos fuimos, sin remordimiento ni rubor alguno. Como esos bancos de peces que giran al unísono en direcciones aleatorias a la búsqueda de una nueva causa sobre la que desplegar las danzas amorfas y espasmódicas de nuestra falsa moral.

 

© 2018 por Jorge Armesto